1/5
Me manda mi médico de cabecera hoy por la mañana a las Urgencias de Covid del PTS para hacerme una radiografía y un análisis de sangre debido a un empeoramiento en mis síntomas después de una semana de Covid.
Cinco horas y media más tarde la médico de Urgencias me despacha literalmente en menos de 30 segundos, diciendo “las pruebas bien, le receto unos corticoides y un antibiótico por los síntomas que tiene... Ya se puede ir.”
Me recoge mi hijo, ya de noche, y de camino a casa para en una farmacia para comprarme los medicamentos. El farmacéutico le informa que la médico de Urgencias no los había metido en la tarjeta sanitaria, con lo cual no me los pueden vender.
Vuelvo a Urgencias, exhausto y necesitado del tratamiento, y en lugar de una disculpa o solución me echan un rapapolvo por haber vuelto al hospital en lugar de ir directamente a mi casa. Es decir, seis horas después de mi llegada a Urgencias, de repente tienen prisa para que me vaya a mi casa — y sin ningún tratamiento.
Pero lo verdaderamente indignante era ver a todos los enfermos ahí durante horas, sin poder comer, beber agua o salir, incluyendo a una anciana a la que habían traído en ambulancia en bata y zapatillas desde un pueblo, desesperada por irse después de horas esperando, y a la que teníamos que intentar convencer los demás pacientes de que no saliera a la calle, ya que no parecía haber ningún empleado disponible para vigilar un poco la sala de espera. Cuando por fin me pude ir, ahí seguía la pobre señora, suplicando que le trajeran una ambulancia para poder volver a casa.
Una pena, en todos los sentidos.